Hubo un tiempo —no tan lejano, aunque parezca de otro planeta— en que la radio no solo hablaba: convocaba. No era un ruido de fondo mientras lavabas los platos, ni un hilo de Spotify que suena para tapar el silencio. Era un rito compartido, una hoguera invisible donde las palabras encendían imaginación y compañía. La radio, como dice Carlos Ulanovsky en Días de radio, fue “la primera red social, mucho antes de que Mark Zuckerberg aprendiera a deletrear la palabra conexión”.
Pero esa radio que Ulanovsky rescata —esa radio viva, artesanal, imperfecta y apasionada— no era una empresa de jingles ni una fábrica de egos con micrófono. Era un territorio de voces donde lo popular se mezclaba con lo poético, donde lo político se filtraba por las rendijas del aire, donde la audiencia no era cliente sino comunidad. Y eso, claro, al poder nunca le gustó demasiado.
El milagro del aire
Ulanovsky cuenta que cuando el 27 de agosto de 1920 los “Locos de la Azotea” —Enrique Susini, César Guerrico, Luis Romero Carranza y Miguel Mujica— transmitieron Parsifal desde la terraza del Teatro Coliseo, no sabían que estaban inventando una revolución cultural. Nadie los escuchó más allá de unos pocos vecinos con auriculares rudimentarios, pero en ese gesto anidaba algo inmenso: el nacimiento de una voz sin cuerpo, un sonido que viajaba más allá de las fronteras físicas, una palabra libre.
“Fue un acto de fe en el futuro”, dice Ulanovsky. Y tenía razón: la radio fundó un lenguaje nuevo, un espacio donde la imaginación completaba la imagen, donde el oyente era coautor del relato. En esa magia invisible se forjaron generaciones enteras, unidas por el mismo zumbido del dial.
El país se escuchaba a sí mismo
Durante décadas, la radio fue el espejo acústico del país. Días de radio es un archivo vivo de esa memoria sonora: los radioteatros de los 40 y 50, las orquestas en vivo, las voces de Cacho Fontana, Niní Marshall, Antonio Carrizo, Héctor Larrea. Pero también, como recuerda Ulanovsky, fue un campo de batalla simbólico: “Cada gobierno intentó domesticarla, y cada oyente aprendió a escuchar entre líneas”.
Ahí está el secreto de su poder: la radio fue, y sigue siendo, un lenguaje de resistencia. Mientras el poder político buscaba uniformar el discurso, la radio se colaba por los huecos, transmitía tangos censurados, daba voz a los sin micrófono. Desde Radio Belgrano hasta LT8 en Rosario, desde los noticieros militantes de los 70 hasta las FM barriales de los 80, la radio fue una trinchera del decir.
Cuando la palabra era un arma
En Días de radio, Ulanovsky reconstruye con precisión quirúrgica ese entramado entre medios y política. Recuerda cómo durante los años oscuros de la dictadura, la radio fue censurada, vigilada, convertida en altavoz del miedo. Y aun así, sobrevivió. “La gente seguía prendiendo la radio como quien busca una señal de vida”, escribe. Era el único espacio donde la voz humana —aunque mutilada, aunque filtrada— mantenía algo de calor.
Esa persistencia es lo que hace de la radio algo irreductible: su humanidad. No necesita imagen, no exige maquillaje ni poses. La voz desnuda, el tono, el silencio entre frase y frase, todo eso dice más que mil pantallas. Y en tiempos donde la imagen lo devora todo, esa desnudez sonora es un acto político.
La radio rebelde y la radio cómplice
Ulanovsky no es ingenuo. No idealiza. En su repaso también muestra cómo la radio se adaptó al mercado, cómo perdió independencia frente a los grandes grupos mediáticos, cómo se convirtió muchas veces en un zumbido obediente. “La radio también mintió, también ocultó, también calló cuando debía gritar”, advierte.
Y es cierto: por cada voz que denunciaba, había una que adulaba. Por cada programa que despertaba conciencias, otro adormecía. Pero esa tensión —entre la radio rebelde y la radio cómplice— es la esencia del medio. Porque en cada dial conviven la canción y la consigna, la propaganda y la poesía. Lo que define al oyente crítico es saber distinguirlas.
Las voces que resistieron
Quizás la parte más poderosa de Días de radio sea la que rescata las experiencias alternativas: las radios comunitarias que nacieron en dictadura, las FM barriales de los 80 que transmitían con antenas caseras, las radios escolares y universitarias que se multiplicaron en los 90 y 2000. “La radio, cuando se mezcla con lo colectivo, se vuelve peligrosa”, escribe Ulanovsky.
Y lo fue. Peligrosa para los monopolios, para los gobiernos, para los discursos únicos. Desde La Tribu hasta Radio Sur, desde FM Bajo Flores hasta Radio Ahijuna, esas emisoras demostraron que la radio podía seguir siendo herramienta de transformación. Que el aire no era propiedad privada. Que la palabra, cuando se comparte, contagia.
El micrófono y el deseo
Hay una escena en Días de radio que condensa todo: un locutor que se queda solo en el estudio después del cierre, hablando a nadie, sabiendo que quizá alguien, en alguna parte, todavía escucha. Esa imagen —una voz perdida en la madrugada— explica por qué la radio sobrevive incluso en la era del streaming: porque apela al deseo de ser escuchado.
En un mundo saturado de ruido, la radio ofrece silencio con sentido. Frente a la tiranía del video, propone intimidad. Donde el algoritmo decide qué oír, la radio te permite encontrar por azar una voz que te sacude. Esa es su magia subversiva: lo imprevisto, lo humano, lo que no puede medirse en métricas.
Del transistor al podcast, la misma rebeldía
Hoy, muchos dicen que la radio murió. Que el podcast es su heredero cool, que el streaming la reemplazó. Pero Ulanovsky sonríe ante esa sentencia prematura. “La radio no muere, se transforma”, afirma. Y tiene razón: el formato cambia, el espíritu persiste. El podcast independiente que se graba en una habitación y llega al mundo no es otra cosa que la misma energía de los “Locos de la Azotea”.
Lo que se mantiene vivo es la necesidad de hablar y escuchar, de armar comunidad en el aire. La radio —con frecuencia modulada o conexión Wi-Fi— sigue siendo un espacio de resistencia cultural, un refugio contra la hiperconexión vacía.
Rebelarse escuchando
Si algo enseña Días de radio, es que la historia del medio es también la historia de sus rebeldías. De quienes se negaron a callar, de quienes usaron el micrófono como arma y abrazo. En un país donde la palabra siempre fue campo de batalla, la radio convocó voces, y con ellas, sueños, memorias y peleas.
Por eso, frente al cinismo de los medios concentrados y la lógica del rating, vale recuperar el gesto insurgente de encender la radio no para distraerse, sino para escuchar críticamente. No para llenar el silencio, sino para transformarlo en pensamiento.
Porque si el poder se ejerce con ruido, la libertad se defiende con atención. Y la radio, con su aparente fragilidad, sigue siendo uno de los pocos lugares donde todavía se puede escuchar algo verdadero.
Carlos Ulanovsky lo resume en una frase que debería grabarse en todas las cabinas:
“La radio no es un aparato. Es un estado de ánimo.”
Y tal vez ahí esté su poder rebelde: en seguir existiendo cuando todo parece condenarla al olvido. En convocar voces, sí, pero también en convocar conciencia. En recordarnos que, a pesar de los algoritmos y las pantallas, todavía hay algo profundamente humano en esa vieja costumbre de prender el dial, cerrar los ojos y dejar que una voz desconocida nos diga que no estamos solos.








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