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Editorial publicada en la edición dominical de Página/12
Al principio fueron los “Ensenadazos”

  • 3 septiembre, 2018
astillero-rio-santiago

Por Jorge Drkos

El 15 de junio de 1953 Juan Perón inauguraba Astillero Río Santiago, una imprescindible en el desarrollo de la industria naval, con la idea de que fuese un pilar de la soberanía nacional para custodiar los 4000 kilómetros de litoral marítimo y transportar las exportaciones argentinas. Un astillero integrado, con capacidad para producir  unidades navales, motores de propulsión y equipos electromecánicos, construir turbinas  de centrales hidroeléctricas como Yacyretá ,de energía atómica, equipamiento ferroviario o participar de la construcción del Estadio Único y el Teatro Argentino de La Plata. Uno de los trabajos más emblemáticos fue la construcción, en 1962, de la Fragata Libertad, que obtuvo en 1966 el récord mundial de velocidad durante el cruce a vela del Atlántico Norte.

Lo único que nunca fabricó el Astillero fue la chapa naval. Ése siempre fue el insumo que debió importarse. Sin embargo en 1975 la empresa estatal SOMISA construyó un tren laminador de esta chapa que en la década del ‘90 fue cedida por el gobierno de Carlos Menem “sin cargo” a Techint, que a su vez al poco tiempo la vendió a Brasil. Así fue que la Argentina perdió definitivamente la posibilidad de autoabastecerse de un insumo básico para la fabricación de buques .

Justo González, operario del Taller de Estructuras, recordaba el último miércoles el 15 de agosto de 2005 en que el presidente Hugo Chávez  preguntaba: “¿Tú eres de Berisso? Así que eres de esta tierra mágica…”.

Chávez siguió de este modo: “Hay mucha pasión aquí, mucha fuerza, permítanme llamar a este astillero, el Astillero de la Dignidad. Porque ustedes resistieron la agresión neoliberal por la dignidad de los trabajadores”. Y anunciaba la firma del convenio para construir los barcos Eva Perón y Juana Azurduy.

El presidente venezolano reconocía con esas palabras a la  única empresa estatal que no pudo ser privatizada en los ‘90. En esos tiempos se realizaron más de 20 marchas por mes que terminaban saludando a la estatua de Colón, en la Capital Federal, ubicada en esa época  frente al Ministerio de Defensa. Luego los manifestantes, cansados de tanto esfuerzo estéril, resolvieron movilizar y protestar en la Bolsa de Valores, la Sociedad Rural y el  Ministerio de Economía, hasta llegar a las puertas de la oficina de Domingo Cavallo. El cuerpo de delegados y el gremio se dieron una política de acercamiento con sindicatos afines, sectores políticos y sociales, para defender el Astillero y lograron  el apoyo de toda la región para realizar los “Ensenadazos”. En 1992 los Albatros de Prefectura ocuparon la empresa para impedir el ingreso de los trabajadores y avanzar en el cierre. Pero una asamblea previa resolvió resistir y en la madrugada del 21 de septiembre una multitud dispuesta a dejar el cuero en el alambrado llevó a que las fuerzas ocupantes se retiraran.

Nada fue fácil, pero la necesidad de articular oficios en la construcción de un buque fue el germen de la construcción colectiva que abono una tradición iniciada en la  década del ‘60 enfrentando a los Infantes de Marina en el marco del Plan CONINTES, continuo en los ‘70 con la creación del cuerpo de delegados para reclamar por reivindicaciones incluidas en  los convenios colectivos de trabajo, como el del 75 todavía vigente y que la gobernadora Vidal no paga y desconoce. En 1976 los trabajadores de Astillero Río Santiago fueron, junto a los del frigorífico Swift, los que se definieron contra el golpe de Estado. Cientos de obreros fueron detenidos, torturados, perseguidos y echados. Es una de las empresas  más afectadas en todo el país por la represión: 48 desaparecidos. Pero la resistencia genera memoria y en la actualidad el Astillero tiene su propio jardín de infantes llamado Matilde Itzigsohn, una delegada gremial  secuestrada en 1977 con 27 años y dos pequeñas hijas.

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